
Esta es la frase que luce en muchas de las camisetas de los gaditanos. Este fin de Año he ido a Cadiz (la tacita de plata) con Xavi y Anna, Francesc y Roser y el Joselito. Realmente llegamos algunos días antes y disfrutamos de tres días por la sierra visitando la ruta de los pueblos blancos, a recomendar Grazalema, un pueblo precioso en la falda de una montaña llena de alcornoques y con el mejor hostal rural de la historia, 25 euros todo y nos fotimos una cena de la hostia.
Desde allí ya decidimos bajar hacia Tarifa y Cadiz, donde no huele a mar pero se comen buenas gambitas y el costo no esta nada, nada malo.La parte antigua de Tarifa me sorprendido porque parece un laberinto de calles estrechísimas y sobretodo por las vistas del estrecho de Gibraltar. Que cerca y a la vez tan lejos.
Y como no, Cádiz, la ciudad más acogedora que he tenido el gusto de visitar. Allí se vive y en el resto del mundo se intenta. Gracias a Dani y a Luis, dos gaditanos que nos dijeron a que sitios no debiamos ir porque según ellos en todos los demás sitios nos reiriamos una jartá. Tubimos el fin de año mas surrealista, cenando en un chino con camareros orientales hablando con la z y luego 100 personas en la plaza del ayuntamiento para lo de las uvas y joder que no sonaron campanadas y nos las comimos a muestro ritmo y eso si todo er mundo de buen rollo. Y la sala medussa, donde la música fue espectacular igual que las camareras.
Y sí es una lástima no ser de Cadiz, como ellos mismos ya te dicen en sus camisetas.